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Hola soy Ryan

  • Ryan Wright
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Acerca de mí

Tengo 37 años de edad; me siento mucho más joven, como todos; pero me imagino que la llegada del hijo número 4 el mes próximo cambiará todo eso. Cuando mi esposa y yo nos casamos, queríamos tener 6 hijos; hasta que tuvimos uno; pero aún nos estamos divirtiendo, a pesar de que el número 4 es EL ÚLTIMO, pero eso fue lo que dije después del primero. Trabajo en la industria de la música; mis hijos piensan que eso significa que escucho música todo el día, lo cual no es así. Aún no sé qué voy a hacer cuando crezca; el trabajar con música es demasiado divertido para que sea un trabajo verdadero. Mi esposa piensa que simplemente no quiero aceptar la realidad, pero que tengo que aceptarla, y por lo general ella tiene razón. Cuando cumplí 19 años interrumpí los estudios universitarios para servir en una misión SUD durante dos años en Seúl, Corea, y es allí donde empecé a pensar en otras personas más que en mí mismo. Uno pensaría que el haberme criado en un hogar con 6 hermanos y hermanas me hubiera enseñado eso ya, pero yo era terco; no sería el mismo hombre que soy ahora si no hubiese tomado esos dos años y me hubiese dedicado a algo mayor que yo mismo. Desde que regresé a casa hace 16 años, no ha pasado un solo día en que no haya pensado en el tiempo que serví como misionero.

Por qué soy mormón(a)

Mi esposa y yo utilizamos la frase “en el punto” para describir el sentimiento que tenemos cuando nos comportamos lo mejor posible; cuando soy menos egoísta, cuando presto más servicio y apoyo, y cuando soy menos crítico, cuando escucho más y hablo menos, cuando el corazón se me enternece y mi mente está en paz, cuando juego más con mis hijos, cuando soy más honrado, tanto conmigo mismo como con los demás, cuando soy optimista y estoy emocionado por nuestro futuro, cuando necesito menos cosas y más personas, cuando soy menos orgulloso y tengo un criterio más amplio. Agrado más a mi familia cuando estoy “en el punto”. Mis amigos, mis colegas de trabajo, e incluso yo me gusto y me tengo más confianza, y ustedes también, ya que lo contrario es desagradable. Soy mormón porque quiero ser mejor, y no puedo hacerlo solo. La vida es complicada, y mientras cumplo más años, más me doy cuenta de que el laberinto se pone cada vez más difícil, y las respuestas no se encuentran en los libros autodidácticos, en los juegos del control mental ni en los planes dietéticos. La única manera que he encontrado es mediante el poder de Jesucristo. Debido a que Cristo me conoce: lo bueno, lo malo y lo feo; y porque Él cree en mí, eso me brinda esperanza. No importa lo difícil que sea y cuántas veces fracase, Él me mostrará cómo sanar y, paso por paso, cómo ser la mejor persona que puedo ser. Del mismo modo que lo que siento por mi propio hijo. Mi hijo mayor tiene casi diez años y tiene dificultades; se frustra fácilmente. Lo veo esforzarse, pero a veces simplemente no puede; se me parte el corazón al verlo herido, triste o solitario; haría CUALQUIER COSA por él, para hacerlo sentir mejor, y para ayudarlo a sentirse mejor a fin de que cuando yo no esté con él, se encuentre bien. Al igual que Cristo lo hace por mí. La religión no es un estudio de teología, es un modo de vida. Para mí, ser mormón significa encontrar maneras verdaderas, por medio de Cristo, de ser una persona mejor, encontrar paz y ayudar a mi familia; es algo sumamente personal y es parte de mi vida cotidiana. El ser un mejor Ryan toma MUCHO más tiempo que los domingos. Tengo un gran camino por delante. No soy tan bueno como debería serlo, especialmente cuando considero todo lo que se me ha dado con lo que tengo que trabajar; pero me estoy esforzando, y eso es lo que implica ser mormón: simplemente esforzarse por ser mejor por medio de Cristo.

Historias personales

¿Qué es la esperanza y en qué es lo que usted tiene esperanza?

Durante el último año de universidad, recuerdo que una noche, ya tarde, me sentía particularmente preocupado; me graduaría al final de ese semestre y estaba comprometido, pero aún no estaba plenamente convencido que ella fuera la persona “ideal”. Había estado preparándome para tomar el examen de admisión en la facultad de Derecho, pero a principios de ese mes había recibido una oferta de trabajo para trasladarme a Corea, y se esperaba que aceptara o declinara la propuesta al día siguiente. De modo que, después de una larga conversación telefónica con mi padre en cuanto a las consecuencia de abandonar la facultad de Derecho para irme a vivir al otro lado del mundo, salí de mi apartamento y salí a caminar alrededor del campus universitario. Esa noche, ya tarde, caminé solo por los senderos, como si fueran mis propias encrucijadas, sintiéndome totalmente abrumado. ¿Qué ocurriría si tomaba la decisión equivocada? ¿Qué pasaría si esa chica era la acertada para mí? ¿Era esa la profesión correcta para mí? Aún recuerdo vívidamente el sentimiento de temor que tenía. Al derramar los sentimientos de mi alma a mi Padre Celestial, suplicando guía, no recibí respuesta. El estupor de pensamiento no se aclaró. Más bien, lo que sentí fue algo parecido a esto: “Ryan, sé obediente y confía en mí y yo te cuidaré”. Es decir, que no recibí una respuesta clara en cuanto a si debía decidir la opción 1 o la opción 2. Sólo el consuelo de que no tenía que temer. Al día siguiente, aún indeciso, pero esta vez con esperanza en vez de temor, acepté la oferta de trabajo y tres meses después me trasladé a Seúl, Corea. Cuatro meses después, allí en Seúl, conocí a mi esposa por primera vez, a más de 9.000 kilómetros de distancia del hogar de ella y del mío; ella había llegado a Corea, de Canadá, una semana antes para enseñar inglés. Después de que cumplimos seis años de casados, llevé a Erin y a los dos hijos que teníamos en aquel entonces para visitar mi antiguo campus universitario por primera vez. Mientras caminábamos, yo llevaba sobre mis hombros a mi hija de dos años de edad, y nuestro hijo de cuatro años andaba correteando; el clima era perfecto, y miré a mi bella, valiente y maravillosa esposa y en ese momento todo pareció detenerse. Finalmente entendí la respuesta a mi ferviente oración hacía tantos años atrás en ese mismo lugar: “Esto es lo que tenía reservado para ti… y todo valió la pena”. Cómo habría dado cualquier cosa por poder remontarme a esa noche y ver a ese muchacho errante, temeroso, en busca de respuestas, y vislumbrar todo lo que le esperaba, de todo lo que él esperaba con tantas ansias. El evangelio de Jesucristo me ha enseñado a confiar en mi Padre Celestial y a tener esperanza.

La manera en que vivo mi fe

Vivo mi fe en las cosas pequeñas; de hecho, algunos de mis colegas de trabajo se quedan sorprendidos cuando se enteran de que soy mormón; ¡sí, los mormones SÍ ESCUCHAN MÚSICA! No hago alarde de mi religión, pero tampoco la escondo. Hago mis oraciones, y no sólo cuando necesito algo. El ser mormón no tiene ningún significado si no tengo una relación con mi Padre Celestial; eso es el núcleo de mi fe, y para mí, lo mejor es hablar con Él. Este verano estoy poniendo en práctica algo nuevo: durante mis oraciones antes de acostarme, únicamente me concentro en las cosas por las que estoy agradecido, y no pido nada; eso me ayuda a reconocer las bendiciones de ese día y todo lo que he recibido; después, por la mañana y durante el día, hago mis peticiones y hasta ahora me agrada hacerlo así. El otro detalle esencial es tomarme el tiempo para estudiar las Escrituras todos los días; hay algo potente e inexplicable al leer el Libro de Mormón y la Biblia que de inmediato surte efecto en mi estado de ánimo, que aligera los momentos difíciles y le da perspectiva a las cosas. Esos son los cimientos de vivir mi fe: las Escrituras y la oración; me ponen “en el punto” y todo se deriva de ello.