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El plan de
felicidad de Dios

“¿De dónde vengo y por qué?”

Su vida no comenzó al nacer y no concluirá al morir. Antes de venir a la tierra, su espíritu vivía con nuestro Padre Celestial que le creó. Usted lo conocía, y Él lo conocía y amaba a usted. Fue una época feliz en la que se le enseñó el plan de felicidad de Dios y el sendero a la verdadera alegría. Pero así como la mayoría de nosotros deja nuestra casa y a los padres al crecer, Dios sabía que debíamos hacer lo mismo. Él sabía que usted no podría progresar a menos que se fuera por un tiempo. Por lo que le ha permitido venir a la tierra a experimentar la alegría, así como el dolor de un cuerpo físico.

Una cosa que hace que esta vida a veces sea tan difícil es que estamos fuera de la presencia física de Dios. No sólo eso, sino que no podemos recordar nuestra vida preterrenal lo que significa que debemos actuar por fe en vez de lo que está a la vista. Dios no dijo que sería fácil, pero nos prometió que Su Espíritu estaría allí cuando lo necesitáramos. No estamos solos en nuestro camino, a pesar de que a veces lo parece.

El plan de Dios para usted

Eso no significa que Él espera que usted sea perfecto, Él sabe que no lo será. Lo que sí espera es que mientras esté aquí en la tierra trate de ser más semejante a Él lo más que pueda, y que aprenda y progrese debido a sus errores. Cada vez que tome una mala decisión con consecuencias dolorosas, esa decisión le llevará a la infelicidad, a veces de inmediato, otras veces mucho más tarde. Del mismo modo, elegir el bien, con el tiempo, conduce a la felicidad y le ayudará a ser más como nuestro Padre Celestial.

Recibir un cuerpo de carne y huesos

Así como Dios creó la tierra como un lugar para que viviera y adquiriera experiencia, también lo creó a usted. Y le dio un cuerpo de carne y hueso a imagen de Su cuerpo glorificado. En el Antiguo Testamento, Dios dijo: “Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza” (Génesis 1:26). Jacob declaró que había visto a Dios “cara a cara” (Génesis 32:30). Moisés también habló con Dios “cara a cara, como habla cualquiera con su prójimo” (Éxodo 33:11). En el Nuevo Testamento, cuando el Cristo resucitado se apareció a Sus apóstoles, les dijo: “palpad y ved; porque un espíritu no tiene carne ni huesos, como veis que yo tengo” (Lucas 24:39).

Adán y Eva nos dieron el don de poder escoger

Como los primeros hijos de Dios en la tierra, Adán y Eva vivían en el jardín del Edén. No sentían ninguna tristeza ni dolor, lo que podría parecer bueno, salvo que sin ello, tampoco podían sentir alegría. No se acordaban de su vida antes de la tierra. Si no hubieran comido del fruto prohibido, ellos habrían vivido así para siempre y nunca hubieran tenido hijos. La humanidad no habría nacido ni el mundo se hubiera poblado.

Como sabemos, Adán y Eva sucumbieron a las tentaciones de Satanás al comer del fruto y desobedecer a Dios que les había ordenado que no comieran del árbol del conocimiento del bien y del mal. Como consecuencia, fueron separados de la presencia de Dios, física y espiritualmente; un acontecimiento al que nos referimos como la Caída. Se convirtieron en seres mortales, así como nosotros, sujetos al pecado, la enfermedad, a todo tipo de sufrimiento, y finalmente a la muerte. Pero no todo fue malo, ya que ahora podían sentir un gran gozo. “Adán cayó para que los hombres existiesen; y existen los hombres para que tengan gozo” (2 Nefi 2:25). Pero a medida que fueron obedientes al evangelio de Jesucristo, Adán y Eva fueron capaces de recibir la inspiración de Dios, revelación, y hasta visitas de mensajeros celestiales.

Una vez fuera del jardín, fueron capaces de progresar y aprender a ser más como nuestro Padre Celestial. Además, podían tener hijos, lo que significa que el resto de los hijos espirituales de Dios (todos nosotros) podríamos venir a la Tierra, pasar por la experiencia de tener un cuerpo físico, y ser probados por medio de nuestras decisiones diarias. Al igual que Adán y Eva, hay consecuencias para todas nuestras decisiones, buenas o malas. La felicidad y el progreso duraderos llegan cuando escogemos hacer lo que Dios desea que hagamos. La palabra clave es “escoger”. Por lo general Dios no interviene ni nos impide tomar las malas decisiones que Satanás nos tienta hacer. Sin embargo, Él nos ofrece Su amor, la guía divina y advertencias cuando le abrimos nuestro corazón.

El secreto de la felicidad

Con frecuencia caemos en la trampa de creer que un auto nuevo, un ascenso laboral, un cambio de apariencia o la fama nos harán felices. Y a menudo es así, por un tiempo. Pero no es duradero, simplemente porque ni las riquezas, ni el poder, la belleza ni la fama brindan una felicidad perdurable, por mucho que deseáramos que así fuera. Antes bien, la verdadera felicidad proviene de seguir el ejemplo de Cristo y desarrollar atributos divinos, tales como la bondad, el amor, la justicia y la misericordia. viene de servir a otros y ayudarles a seguir el ejemplo y las enseñanzas de Jesucristo. Se logra al vencer los apetitos de nuestro cuerpo físico, para seguir las impresiones del Espíritu. Se obtiene al trabajar duro, tener un estilo de vida saludable, tener amigos, familia y logros personales. Independientemente de lo que poseamos o no en esta vida, la felicidad más profunda y duradera se logra al conocer y seguir el plan de Dios.

Cuando suceden cosas malas

Nos enfermamos. Los seres queridos fallecen. Perdemos nuestro trabajo o nuestro hogar. Nuestro cónyuge es infiel. Es difícil no preguntarse por qué Dios permite que suframos tanto. Sabemos que aunque Dios no se complace en su sufrimiento ni en sus dificultades, sin importar la causa, los mismos pueden acercarle más a Él y hasta fortalecerle si persevera fielmente (2 Nefi 2:2, Apocalipsis 3:19).

Es reconfortante saber que el Hijo de Dios, Jesucristo, sufrió todas las cosas. Él entiende su dolor y le puede ayudar en medio de sus pruebas. Si tenemos fe en Dios y en Su plan, podemos estar seguros de que todo lo que nos ocurre en la vida tiene un propósito. Nuestro tiempo aquí es corto en comparación con nuestra vida eterna. Tal como el Señor le dijo a José Smith durante un período de intenso sufrimiento:

Hacer frente a las calamidades pueden fortalecerlo y hacerlo más compasivo. Le puede ayudar a aprender, crecer y desear servir a los demás. Hacer frente a la adversidad es una de las principales formas en que se le prueba y enseña a durante su vida aquí en la Tierra. Nuestro amoroso Padre Celestial tiene la capacidad de compensarnos por cualquier injusticia que tengamos que soportar en la vida terrenal. Si perseveramos fielmente, Él nos recompensará en la vida venidera de una manera que va más allá de lo que podamos comprender (1 Corintios 2:9). Sorprendentemente, con la ayuda de Dios usted puede experimentar la alegría, incluso en los momentos de prueba y hacer frente a los desafíos de la vida con un espíritu de paz.

Qué hizo Jesucristo por usted

Jesucristo sufrio por nosotros. 02:21

Sus errores pueden ser tan simples como herir los sentimientos de su amigo o un pecado mucho más grave. A veces ver el dolor que hemos causado y sentir el sufrimiento que causa el remordimiento, la vergüenza y la culpa pueden ser abrumadoras y devastadorasu Nos preguntamos si alguna vez podremos superar nuestros errores y sentir la paz de ser perdonados. Sin duda podemos, gracias a la expiación de Jesucristo y al proceso del arrepentimiento. Podemos confesar nuestros pecados a Dios y pedir Su perdón. Nos ha prometido que Él “no los recuerda más” (Doctrina y Convenios 58:42). Esto funciona porque nuestro Padre Celestial envió a Su Hijo Jesucristo a sufrir voluntariamente y pagar por nuestros pecados y pesares al expiar Él mismo por ellos. No podemos comprender completamente la forma en que Jesús sufrió por nuestro pecados. Sin embargo, sabemos que en el huerto de Getsemaní, el peso de nuestros pecados hizo que Él sufriera una agonía tal que sangró por cada uno de sus poros (Lucas 22:39–44) . Más tarde en la cruz, Jesús se sometió voluntariamente a una muerte dolorosa mediante uno de los métodos más crueles que se haya conocido (Alma 7:11).

Sin embargo, su angustia mental y espiritual fueron más allá de los dolores de la cruz. El Salvador nos dice: “Porque he aquí, yo… he padecido estas cosas por todos, para que no padezcan… así como yo” (Doctrina y Convenios 19:16–17).

Además de pedir el perdón de Dios, Él también desea que pidamos perdón a las personas que hemos lastimado, a ver si podemos reparar el daño, y que prometamos no repetir los mismos errores. Entonces podemos avanzar sintiendo el amor de Dios y la increíble paz y el gozo que vienen al ser completamente perdonados.

A fin de que Su Expiación surta un efecto total en su vida, debe hacer lo siguiente:

  • Ejercer fe en Él.
  • Arrepentirse.
  • Bautizarce.
  • Recibir el Espíritu Santo.
  • Estar dispuesto a seguir Sus enseñanzas por el resto de su vida.

“¿Qué me sucede al morir?”

Imagine su mano dentro de un guante. El guante se mueve sólo cuando la mano lo hace. Saque su mano y el guante se queda sin vida sobre la mesa. Esta es una manera fácil de visualizar lo que pasa cuando uno muere. Imagine que su cuerpo es el guante que funciona mediante su espíritu. Al morir su cuerpo se queda atrás, sin vida como un guante, pero su espíritu vive para siempre.

Incontables pasajes de las Escrituras y relatos de profetas a través del tiempo nos han dicho que esto es verdadero.

Cuando uno es el que se queda atrás, el que pierde a un amigo o a un ser querido, el dolor de esa pérdida es muy fuerte. Pero hay un gran consuelo al saber que lo verá de nuevo. Y por medio de la muerte de Cristo, en algún momento nuestro espíritu y el cuerpo se reunirán (resucitarán) y serán perfectos para no separarse nunca más.

La inmortalidad: Uno de los dones más grandes de Dios

La mayoría de nosotros diría que queremos vivir para siempre. Eso es exactamente lo que Dios nos dio a cada uno de nosotros cuando envió a Su Hijo Jesucristo a la tierra para morir por nosotros y para expiar nuestros pecados. Se llama Resurrección y todo el que nace en la tierra, incluso la gente inicua, recibirá el regalo de la inmortalidad (1 Corintios 15:22).

Al tercer día después de Su crucifixión, Jesucristo fue la primera persona en resucitar. Su espíritu se reunió con Su cuerpo glorificado y perfecto, por lo que Él ya no morirá. Cuando los amigos de Cristo fueron a visitar su tumba, los ángeles dijeron: “No está aquí, porque ha resucitado, así como dijo” (Mateo 28:6).

“¿Iré al cielo?”

¡Sí! Dios juzgará a todos los hombres de manera justa y los recompensará adecuadamente con un lugar en Su reino.