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Mandamientos de Dios

Guía divina

¿Recuerda cómo nuestros padres nos pusieron reglas cuando éramos niños? Reglas como no jugar en la calle ni jugar con fósforos. ¿Recuerda cómo a veces las reglas parecían como una carga, como que nuestros padres las hubieran inventado para evitar que nosotros hiciéramos las cosas que en verdad deseábamos hacer, las cosas que pensábamos que nos harían felices? A medida que crecemos, aprendemos la importancia de estas reglas, la forma en que podríamos haber resultado seriamente heridos o incluso haber muerto si no las hubiéramos obedecido.

Al igual que nuestros padres mientras crecíamos, Dios nos da mandamientos para ayudarnos a permanecer centrados en lo que es más importante y cómo mantenernos a salvo. Toda esta guía tiene el propósito de mantenernos a salvo, de ayudarnos a estar más cerca de Él y, finalmente, darnos más libertad y felicidad.

La palabra “mandamiento” podría hacernos pensar en los Diez Mandamientos, una lista de “No dirás ni harás”. Dios no sólo nos dice lo que no debemos hacer, sino también lo que debemos hacer. Su mayor esperanza es nuestra felicidad eterna, para que podamos estar seguros de que Sus mandamientos no son reglas restrictivas, sino que son la guía divina destinada a protegernos del mal y las que nos conducen a mejores formas de vida.

Los dos grandes mandamientos

Nuestra obediencia a los mandamientos de Dios proviene de nuestro deseo de mostrar nuestro amor por Él, por nuestro prójimo y por nosotros mismos. Mientras Jesucristo estuvo en la tierra, un hombre le preguntó: “¿cuál es el gran mandamiento de la ley?” Y Jesús le dijo:

En estas pocas líneas, Jesucristo nos enseña que el centro de todo lo que “hay que hacer y no hay que hacer” es amar a Dios y amar a la gente que nos rodea. Cuando pensamos en los mandamientos que se enumeran a continuación, nos ayudan a considerar cómo se relacionan cada uno de ellos con estos dos mandamientos fundamentales.

Orar a menudo

Cualquier persona puede orar en cualquier lugar y en cualquier momento. Ya sea que estemos arrodillados, sentados o de pie; en voz alta o en silencio; en grupo o solos, Dios nos escuchará y nos contestará. Orar es tan fácil y tan sencillo que quizás no apreciemos el privilegio que es. Es una línea directa de comunicación con nuestro Padre Celestial quien desea ayudarnos con todos nuestros problemas y preguntas. Si bien Él no nos contesta siempre de inmediato o de la manera que esperamos, creemos en el pasaje de las Escrituras que dice: “Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se os abrirá” (Mateo 7:7).

Se nos manda a orar a menudo, porque cuanto más hablamos con Dios, seremos más receptivos a Su guía por medio de los desafíos a los que nos enfrentemos. Este es un ejemplo de cómo las bendiciones al cumplimiento de los mandamientos son muy superiores al esfuerzo que ellos requieren.

Estudiar las Escrituras

La mayor parte de las Escrituras se escribieron hace más de mil años, por lo que puede ser difícil imaginarse cómo el leerlas nos pueden ayudar aquí y ahora. Sin embargo, debido a que la sabiduría de Dios es eterna, podemos leer las Escrituras y aplicar sus lecciones a nuestra propia vida. Tal vez podamos conseguir un ascenso en el trabajo que nos entusiasme, pero también nos pone nerviosos si no podemos cumplir. Esto puede parecer una ansiedad puramente secular, una para la que no seamos capaces de encontrar ayuda en las Escrituras, sin embargo el relato de Dios que llama a Enoc a profetizar podría ayudarnos a lidiar con nuestro temor. Después de que Dios le pidió a Enoc que ordenara que los inicuos se arrepintieran, Enoc pregunta humildemente: “¿Por qué he hallado gracia ante tu vista, si no soy más que un jovenzuelo…; por cuanto soy tardo en el habla; por qué soy tu siervo?” El Señor tranquiliza a Enoc diciéndole: Moisés 6:31-32

Enoc hace lo que el Señor le manda y se convierte en un profeta elocuente, ayudando a su gente a cambiar su corazón. Su prueba nos enseña que Dios nos ayudará a desarrollar la capacidad de hacer las cosas que no sabíamos que podíamos hacer, siempre y cuando pongamos nuestra fe en Él.

El mandamiento de estudiar la Biblia es como el mandamiento de orar con frecuencia. Dios quiere que leamos Sus palabras porque nos ayudan a conocer Su voluntad, y seguir la voluntad de Dios siempre resulta en nuestro beneficio. Las Escrituras contienen lo que Dios ha revelado a Sus hijos por medio de profetas.

Santificar el día de reposo

En esta época moderna, el domingo ha comenzado a parecerse a cualquier otro día. Muchos de nosotros tenemos que trabajar, y después de eso tratamos de hacer todo lo que no logramos hacer el sábado. Parece que el fin de semana fuera más activo que el resto de la semana. Pero el domingo o el día de reposo, es un momento para adorar a Dios y tomarnos un descanso de nuestras obligaciones cotidianas. Después de crear la tierra en seis días, Dios apartó el séptimo como un día de descanso y para que Lo recordemos. El domingo podemos pasar tiempo con amigos y familiares, visitar a los enfermos o a los que están solos, pasar más tiempo estudiando las Escrituras e ir a la Iglesia. En la Iglesia cantamos, oramos, y conversamos sobre el Evangelio con los demás miembros de la congregación y también participamos de la Santa Cena en memoria del Salvador. En la Iglesia, los mormones participan de la Santa Cena al comer el pan y tomar el agua que se preparó como símbolo del cuerpo y de la sangre de Jesucristo. Podemos dedicar ese tiempo para meditar acerca de cómo Jesucristo puede ayudarnos y pensar cómo podemos guardar los convenios que hemos hecho con Él.

Además de darnos un descanso del estrés de la semana de trabajo, guardar santo el día de reposo muestra respeto por Dios y nos recuerda que debemos aminorar la marcha de nuestra ajetreada vida para dar gracias a nuestro Creador. El domingo es un día que debemos anhelar, uno en el que debemos disfrutar de las cosas que realmente importan.

Bautismo y confirmación

Uno de los propósitos del bautismo es lavar simbólicamente nuestros pecados, porque aun Jesucristo, que vivió una vida perfecta, fue bautizado. Jesús fue bautizado, ya que es un mandamiento y Él deseaba dar un ejemplo perfecto de obediencia a la guía divina del Padre Celestial.

Las ordenanzas del bautismo y la confirmación son una manera de demostrar que estamos dispuestos a tomar el nombre de Jesucristo sobre nosotros, lo que significa ser cristianos, y hacer lo mejor por vivir siempre de acuerdo a ello. En primer lugar, una persona que tiene la autoridad de Dios para ello, nos bautiza sumergiéndonos en el agua y luego levantándonos. Esta acción simboliza la muerte de Jesucristo, el entierro y la Resurrección, y también representa el final de nuestra vida anterior y el comienzo de una nueva vida como Sus discípulos. Después de ser bautizados, una persona con autoridad coloca sus manos sobre nuestras cabezas, nos confiere el don del Espíritu Santo y nos confirma miembros de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días.

Seguir al Profeta

¿Ha escuchado alguna vez que una persona diga una versión de la historia, y luego escuchar que otra persona diga la versión contraria, y que las dos versiones parezcan verdaderas? Con tanta gente y tantas opiniones que compiten por nuestra atención, ¿cómo decidimos en qué creer? Para ayudarnos a conocer Su voluntad, para ayudarnos a entender lo que es verdadero, Dios llama a profetas y apóstoles para que actúen como Sus portavoces. Un profeta es un hombre fiel y justo elegido por Dios para hablar en nombre de Él aquí en la tierra. Los apóstoles son profetas elegido por Dios para ser testigos especiales de Jesucristo y de su divinidad. Con el fin de hablar en nombre de Dios, los profetas y los apóstoles deben tener el sacerdocio o la autoridad divina, necesaria para tener tan sagrada responsabilidad.

Dios ha llamado profetas a lo largo de la historia. En la Biblia leemos acerca de profetas como Adán, Abraham, Moisés, Pablo y muchos otros. Creemos que Dios ha llamado profetas para que nos guíen en la actualidad. José Smith fue el primer profeta llamado en esta dispensación, o generación, de la Iglesia, y ha habido un profeta en la tierra desde entonces. El hombre al que se ha llamado a hablar en nombre de Dios y a guiar Su Iglesia hoy en día se llama Thomas S. Monson.

Al pedirnos que sigamos a los profetas, Dios nos pide en realidad que permanezcamos cerca de Él, del mismo modo que nos pide que oremos con frecuencia y leamos las Escrituras. Aprender acerca de los profetas nos ayuda aprender o volver a aprender lo necesario para aceptar la expiación de Jesucristo y llegar a ser dignos de todas las bendiciones que Dios desea que recibamos. Dios promete que todos lo que siguen a los profetas “son los herederos del reino de Dios” (Mosíah 15:11).

La obediencia a los Diez Mandamientos

Después de que Moisés guió a los hijos de Israel de la cautividad, se fue a la cima del Monte Sinaí y habló con Dios. Cuando Moisés bajó de la montaña, tenía los Diez Mandamientos que el Señor le había revelado grabados en tablas de piedra. En la actualidad, nosotros seguimos esos mandamientos, miles de años después.

Vivir la ley de castidad

El poder de la procreación es un aspecto sagrado del plan de Dios. Es una expresión de amor que permite al marido y a la mujer crear vida. Dios ha ordenado que este poder y el privilegio de una relación sexual sólo existan entre un hombre y una mujer que estén casados legalmente. Este mandamiento se llama la ley de castidad. Se requiere la abstinencia de las relaciones sexuales antes del matrimonio, y la fidelidad y lealtad a nuestros cónyuges después del matrimonio. Dios espera que nosotros mantengamos nuestros pensamientos limpios y seamos modestos en nuestra forma de vestir, de hablar y en nuestros hechos (Mateo 5:27–28). También debemos evitar ver pornografía y participar en relaciones homosexuales.

Entendemos que los principios de la ley de castidad distinguen a La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días y pueden sonar estrictos para el resto del mundo, sin embargo, grandes bendiciones de paz, autoestima y autocontrol provienen de la obediencia a este mandamiento.

Obedecer la Palabra de Sabiduría

Lo que hacemos y lo que no consumimos son algunas de las características de nuestra religión y provienen de nuestra creencia de que nuestro cuerpo es un don de Dios. Creemos que Él nos ha dado la guía sobre cómo cuidar de ellos de mejor manera. En 1833, Él reveló una ley de salud a José Smith llamada la Palabra de Sabiduría. La Palabra de Sabiduría prohíbe el consumo de alcohol, café y té, y el uso de tabaco. Esto también implica que no consumimos drogas ilegales ni abusamos de los medicamentos recetados.

La Palabra de Sabiduría también nos invita a comer muchas frutas y verduras de la estación, muchos granos y una cantidad moderada de carne. Nos recuerda comer todas estas cosas “con prudencia y acción de gracias” (Doctrina y Convenios 89:11). Además de esta guía explícita, la Iglesia nos enseña a llevar una vida sana en general, a dormir lo suficiente, hacer ejercicio con frecuencia y evitar las dietas extremas. La Palabra de Sabiduría nos muestra que Dios se preocupa por nuestra salud física, así como nuestra salud espiritual. Al desalentar el uso de las cosas que pueden convertirse en hábito, se hace hincapié en lo importante que es nuestro albedrío. Si somos adictos a algo como a fumar o tomar, y eso también se aplica a cualquier otra adicción, llegamos a estar sujetos a ello. Tenemos una capacidad limitada de tomar nuestras propias decisiones y controlar nuestra vida.

Dado que nuestro propósito al venir a la tierra es para aprender y crecer al tomar nuestras propias decisiones, podemos ver por qué Dios nos pide que nos mantengamos alejados de las cosas que impiden nuestro albedrío. Si guardamos la Palabra de Sabiduría, Dios nos promete no sólo una mejor salud, sino también “sabiduría y grandes tesoros de conocimiento” ( Doctrina y Convenios 89:19 ). Vivir la Palabra de Sabiduría es clave para ayudarnos a recibir la guía del Espíritu de Dios.

Guardar la ley del diezmo

Devolver una parte de lo que el Señor nos bendice nos permite contribuir con Su obra en la tierra.

El diez por ciento de nuestros ingresos puede parecer mucho, sobre todo para muchos de nosotros que ya sentimos que estamos apenas viviendo dentro de nuestro presupuesto. Pero si guardamos la ley del diezmo Dios promete “[abrir] las ventanas de los cielos y [derramar] sobre vosotros bendición hasta que sobreabunde” (Malaquías 3:10).

Una bendición puede tomar muchas formas. A veces, sencillamente se nos bendice con tener la capacidad de hacer más con menos, por encontrar maneras de ahorrar dinero que no reste valor a nuestra felicidad. A menudo, el simple hecho de tomar el diez por ciento de nuestro sueldo hace que administremos el noventa por ciento del presupuesto restante con más cuidado, y el vivir conforme a un presupuesto siempre hace que el dinero nos rinda más. Cualquiera que sea la forma que tome la bendición, pagar el diezmo nos recuerda que las cosas de Dios duran más que las cosas del mundo. Es bueno recordar también, que todo lo que tenemos viene de Dios y podemos mostrar nuestra gratitud a Él al devolverle una pequeña parte.

Observar la ley del ayuno

Una vez al mes, Dios nos pide que ayunemos, o que nos privemos de alimentos y agua durante dos comidas. Si hay problemas de salud o debido a la edad (como con los niños pequeños) se puede modificar el ayuno para adaptarlo a las circunstancias personales. Pero el ayuno sin oración, dicen algunos, es sólo pasar hambre. Elegimos una necesidad específica o una pregunta que tenemos y oramos para pedir ayuda mientras ayunamos. Moisés, David, Ester, Jesús y muchos otros ayunaron con el fin de estar más cerca a Dios y ser más receptivos a Su guía. Aprendemos que cuando ayunamos y oramos con fe, somos más humildes y más capaces de sentir el amor de Dios y entender Su voluntad. El ayuno también demuestra que estamos dispuestos y somos capaces de controlar los deseos de nuestro cuerpo, lo que nos puede ayudar cuando otras pruebas requieran ese tipo de fortaleza.

La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días aparta el primer domingo de cada mes como un día en que se pide que los miembros ayunen. Nosotros alentamos a hacer una ofrenda de ayuno en esos días, la cual es una donación monetaria (que el valor sea al menos igual al valor de las dos comidas) para ayudar a los pobres que necesitan alimentos o albergue. De ese modo, la ley del ayuno nos recuerda no sólo que Dios es nuestro Padre Celestial que contesta siempre que lo llamamos, sino también de que la gente que nos rodea son hermanos y hermanas, y que

Obedecer y honrar la ley

Creemos en obedecer las leyes del país en el que vivimos (Artículos de Fe 1:12).   Se aconseja a los mormones a ser buenos ciudadanos, a participar en el gobierno civil y en el proceso político, y a servir a la comunidad como ciudadanos activos y preocupados.

La obediencia inteligente

Dios no desea que sigamos Su guía divina a ciegas o por temor al castigo. Él desea que ejercitemos una obediencia inteligente por nuestra propia y libre voluntad. Debemos obtener nuestro propio testimonio, o creencia, de que los mandamientos realmente provienen de Él y que nos ayudarán a vivir vidas más felices. Para obtener este testimonio, debemos usar la fe. Debemos tener un deseo real, y debemos estar dispuestos a hacer lo que sea necesario para saber estas cosas.
En el Libro de Mormón, el Padre Celestial nos hace la siguiente promesa:

Podemos saber por nosotros mismos que estas cosas son verdaderas. Cuando sabemos que algo es verdad, vamos a desear vivir de acuerdo con ello por el resto de nuestra vida. No sentiremos que los mandamientos son reglas arbitrarias de un Dios distante, sino que parecerán como una guía divina que nos ayuda a navegar en medio de la confusión de la vida en la tierra. Vamos a ver los beneficios de seguir esta guía en nuestro diario vivir y tendremos un mayor sentimiento de paz y espiritualidad.