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La libertad de escoger

El albedrío es parte del plan de Dios

Imagine que va a comer a un restaurante y que pide que le traigan una ensalada, pero que el mozo le dice que no, que en su lugar usted tiene que tomar sopa. ¿Cómo se sentiría? La opción entre sopa y ensalada es una muy benévola, pero demuestra una característica de la naturaleza humana: no nos gusta que se nos obligue a tomar una decisión de la que somos capaces de tomarla por nosotros mismos. Nos resistimos a que se nos obligue. Aunque afrontamos decisiones más serias, algunas con consecuencias morales, es importante que elijamos por nosotros mismos. Dios nos dio el albedrío y siempre respetará nuestra libertad de tomar decisiones. Aunque seamos “responsables” de las decisiones que tomamos Doctrina y Convenios 101:78 y siempre habrán consecuencias por esas decisiones, tanto buenas como malas, Dios nunca ha aprobado el uso de la fuerza. De hecho, Dios fomenta el espíritu de libertad y Él sabe que el espíritu humano requiere de libertad para servirle y creer en Él en forma eficaz. Él le dijo a Adán y a Eva que no comieran del fruto prohibido, pero también les dijo: “No obstante, podrás escoger según tu voluntad” (Moisés 3:17).

Es importante que no pisoteemos la libertad de otras personas en búsqueda de nuestra libertad. Aunque sintamos que quizás nuestra manera de pensar sea para hacer el “bien” de alguna persona, es importante que todos tengan el derecho a tener su propia opinión y creencias.

Tomar decisiones difíciles

Ser tolerantes y no jueces pueden ser buenos rasgos, lo que preserva el derecho para que todos elijan por ellos mismos. Pero no hacer nada es sólo una elección y no una muy buena. Tampoco lo es permitir que otras personas, la sociedad o las instituciones públicas tomen decisiones por usted. Por ejemplo, sólo porque en muchas películas se muestran a las relaciones íntimas antes del matrimonio como perfectamente aceptables, no significa que lo sean. Nuestra personalidad se desarrollará y se refinará cuando tomemos decisiones que se basen en lo que es moralmente correcto, y a pesar de las ideas que predominan, en verdad existe el bien y el mal en el mundo. La verdad no es relativa y el pecado no es sólo el “juicio de valor” de alguna persona sin instrucción.

No hace mucho, el élder James E. Faust, de la Primera Presidencia de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días contó una historia de cuando él era un joven soldado en la Segunda Guerra mundial. Un consejo de “severos soldados de carrera” lo estaba entrevistando como candidato para la escuela de oficiales. Le preguntaron si él no creía que el código moral debería ser más flexible en tiempos de guerra, debido al estrés de la batalla. El presidente Faust sintió que le estaban sugiriendo que así debería ser, y se preguntó si ganaría algunos puntos si estaba de acuerdo con la idea. Aunque al final, dijo simplemente: “No creo que haya una doble norma de moralidad”. Finalmente, lo aceptaron como candidato en la escuela de oficiales, quizás debido a su resolución de hacer lo que era correcto porque era correcto, aunque fuera difícil.

Con frecuencia, a los mormones jóvenes solteros se les hace preguntas como: “¿Cómo es posible que nunca hayas tenido relaciones sexuales con alguien? ¿No deseas hacerlo?” Desear hacerlo, dice una jovencita, no tiene importancia en lo absoluto. “El simple deseo no es precisamente una guía apropiada de conducta moral”. Un padre con niños pequeños tal vez quiera dormir hasta después de las seis de la mañana y dejar que los niños se las arreglen solos o renunciar a su trabajo para hacer algo más divertido. Un padre responsable elige hacer todo tipo de sacrificios. Se requiere disciplina para hacer lo justo. Lo irónico es que mientras más disciplinados somos y mientras más correctas son nuestras elecciones, más libertad tendremos. El pecado limita nuestras elecciones futuras: las drogas, el alcohol, y la infidelidad se convierten en adicciones de las que resulta muy difícil liberarse. Las adicciones se convierten en el amo y nosotros en sus esclavos. El abuso de la libertad tiende a paralizarnos.

Permanecer firmes

Con la sabiduría que da la experiencia, los libros de historia a veces pueden simplificar los asuntos que han dividido a las personas a través de los años. Un lado parece tener un criterio avanzado y correcto, mientras que el otro parece ser como los “muchachos malos” con poca visión de futuro. Sin embargo, al pensar en las controversias que afrontamos hoy en día resulta más fácil ver lo difícil que puede ser en el presente determinar quién está en lo “correcto” y quién está “equivocado”. Adoptar una postura sobre un asunto como éste es difícil, en especial si su postura no es una popular.

Se alienta a los mormones a que se mantengan firmes en lo que creen, pese a la opinión imperante. Es posible que no sea fácil, popular ni divertido. A veces adoptar una postura significa someterse uno mismo al ridículo, a la difamación o hasta el maltrato físico. En este tipo de situación, una persona puede confiar en el Señor para que le ayude a mantener sus creencias. Él espera que hagamos lo que creemos que es correcto en cualquier situación, y Él nos ayudará a tener el valor moral para hacerlo. No es suficiente apartar la mirada o quedarse callado. Apartar la mirada a veces puede ser un pecado por sí mismo. Estamos actuando como Jesús actuó cuando defendemos lo que creemos y actuamos al respecto.

Neutralidad política

Aunque creemos en adoptar una postura en asuntos morales, como Iglesia permanecemos neutrales en asuntos referentes a los partidos políticos. Los líderes de la Iglesia no imponen el candidato por los que los mormones deben votar aunque un candidato no esté de acuerdo con una posición que la Iglesia haya manifestado públicamente. Ni impone la norma a los funcionarios electos que sean mormones. La Iglesia les puede dar a conocer sus puntos de vista así como lo haría con cualquier funcionario electo, pero reconoce que estos hombres y mujeres deben tomar sus propias decisiones en base a su mejor criterio y en consideración a los distritos electorales que los eligieron para que los representen. Los mormones se asocian con cualquier partido político que ellos crean que representa de la mejor manera sus puntos de vista individuales.